📅 Reuniones que podrían haber sido silencios

Hay empresas donde las reuniones no son una herramienta: son una religión.

El culto al PowerPoint, el santoral del “¿tienes cinco minutos?” y la liturgia de los informes que nadie leerá.

Todo empieza con una convocatoria urgente. “Reunión estratégica”, dice el asunto, aunque el único objetivo real es justificar la existencia de quienes no producen nada tangible. Se conectan diez personas, hablan tres, y los otros siete desarrollan una relación intensa con el botón de mute.

En los primeros minutos ya se sabe lo que pasará: alguien repite lo que se dijo ayer, otro interrumpe con una idea brillante que ya fracasó en 2018, y el jefe asiente con solemnidad mientras revisa su correo en otra ventana.

El silencio incómodo se disfraza de “espacio para la reflexión”, y la frase “lo vemos en la próxima” se convierte en la forma más elegante de posponer la inacción.

Pero lo verdaderamente prodigioso es la capacidad de estas reuniones para expandirse en el tiempo. Duran una hora, ocupan dos, y dejan secuelas toda la semana.

Y ahí está el genio del sistema: multiplicar los encuentros para que nadie tenga tiempo de hacer el trabajo que realmente importa.

Cada reunión genera otra. Como los Gremlins, pero sin el encanto.

Y así, el calendario se convierte en una jungla donde las casillas libres son un mito y el botón “Aceptar” se transforma en un reflejo condicionado.

No hay productividad, pero sí sensación de movimiento. No hay resultados, pero sí minutos registrados en acta.

Lo irónico es que, si algún valiente propone cancelarlas, se le mira como a un hereje. “¿Cómo vamos a coordinarnos?”, preguntan los mismos que llevan tres meses repitiendo las mismas conclusiones.

El correo, el chat o un simple documento compartido serían suficientes. Pero no. La empresa moderna prefiere perder horas en conjunto: el sufrimiento compartido da cohesión.

Porque las reuniones no son para decidir: son para demostrar presencia.

No importa lo que digas, sino que estés. Que muevas la cabeza, que sonrías en el momento correcto, que aplaudas cuando el jefe cierra con su ya mítico “buen trabajo, equipo”.

Y al final del día, todos salen con la misma sensación: hemos hablado mucho, pero no hemos dicho nada.

La reunión pudo ser un correo. O un silencio.

Y, si me apuras, lo más productivo habría sido que no existiera nunca.

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