La responsable de RRHH que cayó por un café
No duró ni medio año. Cuatro meses exactos. El tiempo justo para entender que había aceptado un puesto de Responsable de Recursos Humanos en una empresa donde los recursos no son humanos y la autoridad se mide en decibelios y miradas por encima del hombro. Cuatro meses hasta descubrir que su verdadero jefe no era la estrategia, ni los KPIs, ni la legislación laboral, sino el fachaleco de turno: ese director general convencido de que liderar consiste en decirle a los demás cuándo pueden comer, cuándo pueden descansar y, si se descuida, cuándo pueden respirar.
El episodio que lo resume todo es tan ridículo como revelador. Una escena pequeña, casi absurda, pero cargada de significado: una reprimenda pública por tomarse un café fuera del horario establecido. No por incumplir objetivos. No por fallar en sus funciones. No por un error grave de gestión. Por un café. Por no ajustarse al minutaje sagrado que el fachaleco había decidido imponer como dogma organizativo. Porque en su mundo, el control no es una herramienta: es una obsesión. Y cualquier desviación, por mínima que sea, se castiga. Mejor si es delante de otros. Mejor si humilla. Mejor si deja claro quién manda.
Ese es el tipo de liderazgo que luego se maquilla en LinkedIn con palabras como valores, disciplina, cultura y excelencia. El mismo que en los pasillos se traduce en tensión constante, silencios incómodos y profesionales caminando con pies de plomo para no activar el siguiente estallido de ego. El mismo que convierte a una responsable de Recursos Humanos en una figura decorativa: útil mientras obedece, prescindible en cuanto demuestra que también es una persona.
La baja no fue por el café.
Fue por el mensaje.
Por el “aquí mando yo”.
Por el “te vigilo”.
Por el “si controlo tu café, controlo todo lo demás”.
Y tras la baja, lo previsible: la vacante reaparece en LinkedIn envuelta en lenguaje grandilocuente. Rol estratégico. Alta visibilidad. Cultura de mejora continua. Liderazgo responsable. Palabras grandes para tapar una realidad pequeña y miserable: nadie aguanta a un jefe que confunde autoridad con microtiranía. Nadie con criterio, al menos. Nadie que no esté dispuesto a aceptar que su autonomía termina donde empieza el reloj del despacho del fachaleco.
Lo verdaderamente obsceno no es que esta profesional se rompiera. Lo obsceno es que se rompan una tras otra y el problema siga siendo, según ellos, “la falta de compromiso”, “la generación de cristal” o “la poca cultura del esfuerzo”. Nunca el director general. Nunca su necesidad enfermiza de control. Nunca su incapacidad para liderar sin imponer. Nunca su mediocridad disfrazada de mano dura.
Así que no, no fue una responsable de RRHH que no aguantó la presión. Fue una empresa que no soporta la dignidad. Un modelo de dirección que necesita vigilar cafés porque es incapaz de generar respeto. Y un fachaleco de turno que sigue creyendo que mandar es decidir hasta la hora a la que otro adulto puede tomarse una pausa.
Cuatro meses ha durado la criatura.
Y no porque fuera débil.
Sino porque el entorno era irrespirable.
Y mientras tanto, la oferta sigue publicada. Esperando a la siguiente. Como si el problema fuera siempre quien entra… y nunca quien manda.
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