Nadie escucha, todos comunican
Hay algo profundamente inquietante en la manera en que las empresas se comunican con su gente.
Han convertido la “comunicación interna” en un acto de propaganda institucional: un flujo constante de mensajes diseñados no para informar, sino para controlar el relato.
Todo empieza con un correo.
Asunto: “Importante comunicado del equipo directivo.”
Tú lo abres con cierta curiosidad, creyendo que habrá algo que merezca la pena.
Pero no. Nunca la hay.
Es el mismo lenguaje de siempre, un dialecto empresarial que combina entusiasmo impostado con vacío semántico:
“Estamos inmersos en un proceso de transformación apasionante.”
Traducción: va a haber despidos, o peor, reorganizaciones.
La (in)comunicación interna tiene una misión muy clara: mantener a todo el mundo en calma mientras el barco hace agua.
Por eso cada frase se revisa veinte veces hasta que pierde todo rastro de humanidad.
Por eso se sustituyen las palabras incómodas por eufemismos que suenan a spa corporativo: “reestructuración”, “ajuste”, “evolución natural del negocio”.
Y así, con un tono de coach zen, te explican que lo que estás a punto de perder es, en realidad, una oportunidad para “crecer profesionalmente”.
En las oficinas modernas, nadie se comunica: se emiten mensajes.
Mensajes que rebotan entre departamentos, que se publican en intranets que nadie lee, que acaban impresos en vinilos motivacionales junto a palabras como “compromiso”, “pasión” y “excelencia”.
Palabras huecas que, con el tiempo, dejan de significar nada.
Y lo peor es que la gente acaba adaptándose.
Aprende a descifrar el código oculto de los comunicados.
Sabe que cuando Recursos Humanos dice “nueva política de conciliación” significa “más control sobre tus horarios”, o que cuando la dirección celebra “un año lleno de retos”, lo que en realidad celebra es haber sobrevivido a su propia incompetencia.
La comunicación interna no conecta a las personas: las domestica.
No sirve para informar, sino para recordar quién tiene el micrófono.
Y, como toda buena herramienta de control, funciona porque disfraza la obediencia de participación.
Se llama “alinear equipos”, pero lo que en realidad busca es eliminar la disidencia.
El silencio, al menos, es honesto.
El correo corporativo no: sonríe mientras te desangra.
🧠 Si en tu empresa la comunicación suena más a ruido que a diálogo, quizá ha llegado el momento de aprender a traducir el idioma corporativo.
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