“Las palabras son, en mi no tan humilde opinión, nuestra más inagotable fuente de magia”

O cómo convertir un “hasta otra” en un despido

El sabio mago Dumbledore tenía razón: las palabras son magia, tienen poder.

Pueden convertir a un trabajador eventual en indefinido, una “finalización de contrato” en un despido, o incluso transformar a un inmigrante sin papeles en residente legal.

Decía también el viejo Albus que las palabras son “capaces de infligir daño y de remediarlo”. Y cuánta razón tenía.

Porque mi querida biblia de cabecera, el Estatuto de los Trabajadores (te alabamos, legislador), deja claro que no siempre hace falta firmar un contrato de trabajo “per se” (como diría Goyo Jiménez, “para los de la LOGSE: porque sí”).

Pero ojo, hay determinados contratos que sí deben formalizarse por escrito y con ciertos requisitos.

Si esos requisitos no aparecen… abracadabra: te conviertes en indefinido y tu jefe entra en pánico.

Por ejemplo, el artículo 16.2 del ET —palabra de legislador— establece que el contrato fijo discontinuo debe ser por escrito e indicar, entre otras cosas, la duración del periodo de actividad y el orden de llamamiento.

Y aquí es donde las palabras pueden herir… o curar.

A mi clienta, a la que llamaremos Hermione (porque la magia laboral también existe), la trasladaron dentro de una cadena hotelera.

Aprovecharon el cambio para hacerle un contrato nuevo, pasando de indefinida a fija discontinua… y dejando los apartados esenciales en blanco.

Llegó la pandemia y, en lugar de incluirla en un ERTE —como correspondía—, la dieron de baja por “cese de actividad”. Resultado: pérdida de salario, cotizaciones y tranquilidad.

Le expliqué el Estatuto, y ver su cara de alivio fue mágico.

Comunicamos a la empresa que era trabajadora indefinida, pero los mortífagos empresariales de turno siguieron a lo suyo. Presentamos demanda, incluyendo el contrato, y unos meses después llegó el CMAC.

En plena mediación, el responsable de RRHH nos tildó de desleales delante del jefe del hotel. Le leí el artículo. Le leí el contrato. Y cuando el dueño soltó un “¿y a mí qué?”, le respondí:

“¿Sabes que si te declaran un despido improcedente tienes que devolver las ayudas del ERTE… porque tu encargado no sabe redactar un contrato?”

El grito que soltó se oyó en la sede de Madrid.

Y en ese instante entendieron lo que Dumbledore decía: las palabras pueden causar dolor, pero también sanarlo.

El acuerdo que firmaron después curó todas las heridas de mi clienta.

Lo mismo ocurrió con un trabajador cuyo contrato eventual carecía de los requisitos mínimos por escrito:

el papel decía una cosa, la ley otra… y el acuerdo final, bastante más dinero.

Pero el caso más surrealista fue el de una empleada del hogar inmigrante en situación irregular.

Su jefa desconocía (o fingía desconocer) que cualquier contratación de una persona extranjera requiere un trámite previo en Extranjería, así como nóminas, registro horario y cotizaciones.

Eso sí: sabía mandar órdenes por WhatsApp.

Las mismas palabras que la humillaban a diario se convirtieron en su salvación cuando llegó la Inspección de Trabajo.

El juez declaró nulo el despido, y aquellas capturas de WhatsApp sirvieron para concederle permiso de trabajo y abrirle la puerta a la nacionalidad que hoy disfruta.

Así que sí, Dumbledore tenía razón.

Las palabras son magia.

Son capaces de destruir… o de devolver la dignidad.

📚 Manual de Resistencia Corporativa

Disponible en Amazon 👉 https://amzn.eu/d/8sotr3P

Más magia (y menos mortífagos laborales) en 👉 www.manualderesistenciacorporativa.es

Deja tu comentario