La tiranía del hacer: cómo confundir moverse con avanzar
La productividad es el santo grial del siglo XXI.
Ya nadie quiere ser feliz: todos quieren ser eficientes.
Las empresas repiten la palabra como un mantra, los jefes la imprimen en tazas, y los empleados la pronuncian con el mismo tono con el que se reza en un velatorio.
El problema no es querer ser productivo.
El problema es que la productividad moderna no mide resultados, mide movimiento.
Da igual si el trabajo sirve para algo o no, mientras puedas demostrar que estás haciendo cosas.
El verbo es lo de menos; lo importante es el gerundio: “optimizando”, “planificando”, “reportando”, “sincronizando”.
Nunca “descansando”. Eso es improductivo.
El culto al KPI
Todo empieza con una reunión de objetivos donde se decide, con solemnidad, cuántos correos, informes o llamadas hay que hacer para parecer ocupados.
Luego vienen las gráficas, los dashboards, los PowerPoints de colores.
En la empresa moderna, el Excel ha sustituido a Dios: lo ve todo, lo juzga todo y nunca se equivoca (aunque lo hayan configurado mal).
Lo importante no es lograr nada, sino poder enseñarlo en formato gráfico.
Y si tu curva baja, no importa que hayas evitado diez errores, resuelto tres crisis y salvado un cliente: eres “poco productivo”.
Porque el Excel no mide la cordura, ni la dignidad, ni el arte de no gritar en una videollamada.
El teatro de la eficiencia
La productividad es una obra de teatro.
Cada empleado interpreta su papel con profesionalidad:
El que finge escribir mails urgentes mientras compra por Amazon.
El que abre veinte pestañas para parecer ocupado.
El que repite “tenemos que ser más ágiles” mientras arrastra las tareas del trimestre anterior.
Todo el sistema vive de la ilusión del movimiento.
El humo se confunde con progreso.
Y cada nuevo método “ágil” solo consigue que el caos vaya más rápido.
Las nuevas cadenas del trabajador digital
Las herramientas que prometían liberarte del trabajo ahora te mantienen conectado al infierno 24/7.
Teams, Slack, Asana, Notion, Jira…
Cada icono en el escritorio es un recordatorio de que ya no trabajas para la empresa, trabajas para el algoritmo que mide cuánto trabajas.
Antes te controlaban con fichajes; ahora te controlan con actividad.
Si tardas en responder, “falta implicación”.
Si respondes demasiado rápido, “falta criterio”.
Y si te desconectas cinco minutos, “falta compromiso”.
El resultado es un ejército de empleados exhaustos que confunden productividad con supervivencia.
La paradoja final
El sistema ha logrado que el trabajador se autoexija sin que nadie lo obligue.
Ya no hace falta el látigo: basta con un KPI y un curso online de “gestión del tiempo”.
El trabajador ideal no es el más capaz, sino el que no se queja mientras se desangra por dentro.
Y aún así, cada lunes se levanta, enciende el portátil, abre el Excel y repite el ritual:
hacer mucho, lograr poco, y llamarlo progreso.
La verdadera productividad sería aprender a no hacer nada que no sirva para vivir mejor.
Pero eso no genera informes ni métricas, así que seguiremos aquí: corriendo en círculos, muy ocupados, muy conectados, y muy inútiles.
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