La falsa diversidad corporativa: inclusión de escaparate, explotación de fondo
Hay empresas que presumen de diversidad como quien colecciona cromos: cuantos más colores tenga la foto, más moderna parece.
Sus webs son un desfile de sonrisas perfectamente calculadas: una persona negra, una asiática, una mujer con gafas, alguien en silla de ruedas y un tipo con barba de tres días mirando inspiradamente a la pantalla. Todos felices. Todos en la misma foto de stock que usó la competencia la semana pasada.
Pero entra en la oficina y la realidad es otra: los mismos perfiles de siempre, los mismos apellidos en las reuniones, las mismas voces que deciden por todos… y, curiosamente, los mismos sueldos injustos para casi todos.
La diversidad corporativa es el nuevo maquillaje del capitalismo.
Un hashtag rentable. Una campaña bonita. Una forma de vender humanidad mientras se precariza con precisión quirúrgica.
Se habla de inclusión, pero no de igualdad salarial.
Se habla de oportunidades, pero no de poder real.
Se habla de visibilidad, pero solo hasta donde no incomode.
Porque la diversidad está bien… siempre y cuando no cuestione quién manda.
He visto empresas con comités de “equidad y pertenencia” donde nadie disiente, donde todo es tan políticamente correcto que se vuelve falso. He visto jefes orgullosos de haber contratado a una mujer “porque tocaba”, como si la competencia fuera un acto de caridad. Y he visto campañas internas que celebran la diversidad mientras despiden a la mitad del departamento de atención al cliente.
La verdadera diversidad no se mide en fotos. Se mide en decisiones.
En quién habla en la reunión.
En quién cobra lo mismo por hacer lo mismo.
En quién puede decir “no estoy de acuerdo” sin miedo a desaparecer del organigrama.
Pero claro, eso no se puede meter en una presentación de PowerPoint.
No genera engagement ni queda bien en LinkedIn.
Y es que, para muchas empresas, la inclusión no es un compromiso: es una estrategia de marketing.
Una forma de lavar su conciencia y seguir vendiendo la ilusión de que son mejores que el resto.
La diversidad real no cabe en una foto.
Ni en una campaña.
Ni en un hashtag.
Cabe en la ética, en la coherencia y en la manera en que tratas a las personas cuando nadie te está mirando.
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