Innovar por innovar: cuando la empresa se aburre y decide inventar la rueda

En algún momento de la historia reciente, alguien decidió que la palabra innovación era mágica.

Que bastaba con decirla tres veces delante de un PowerPoint para justificar cualquier tontería.

Y así nacieron los departamentos de Innovación Estratégica, esas incubadoras de ideas que suenan revolucionarias pero no sirven ni para sujetar la puerta.

Todo empieza con un correo de asunto prometedor:

“Nuevo proyecto de transformación digital para optimizar la comunicación interna.”
Traducción: vamos a cambiar algo que funcionaba por algo que no necesita nadie.

Llega la reunión: veinte personas, un proyector, dos cafés fríos y un PowerPoint con frases como “pensamiento disruptivo”, “sinergias” y “ecosistema colaborativo”.

El jefe asiente con gesto iluminado, como si acabara de entender el sentido de la vida.

Tú piensas que no puede ser tan mala idea. Spoiler: sí, puede.

La innovación (in)útil tiene una estructura muy sencilla:

 

  1. Se detecta un problema inexistente.

  2. Se propone una solución tecnológica absurda.

  3. Se gasta dinero en implantarla.

  4. Se mide el éxito con una encuesta interna que nadie contesta.

 

Por ejemplo:

 

  • Antes tenías un chat para hablar con tus compañeros.

    Ahora tienes tres plataformas integradas que tardan media hora en cargar y notifican lo mismo cinco veces.

  • Antes pedías las vacaciones por correo.

    Ahora lo haces con un bot de inteligencia artificial que te responde:

    “No entiendo la solicitud. ¿Querías pedir días libres o una evaluación de desempeño?”

  • Antes se valoraba el trabajo.

    Ahora se valora “el impacto emocional del workflow”.

 

El problema no es la tecnología.

El problema es que la innovación se ha convertido en una religión.

No se cuestiona, se venera.

Si no innovas, eres obsoleto. Si cuestionas la innovación, eres tóxico.

Y así, las empresas siguen corriendo hacia adelante, convencidas de que moverse es sinónimo de progresar, aunque lo hagan en círculos.

Los grandes gurús del cambio siempre repiten lo mismo:

“Innovar es arriesgarse.”
Y sí, arriesgarse es justo lo que hacen: con el presupuesto de los demás.

Mientras tanto, el trabajador de a pie observa desde su silla ergonómica cómo cada nueva “mejora” le añade tres contraseñas más, un protocolo nuevo y una reunión extra a la semana.

Pero oye, todo sea por “la evolución del modelo organizativo”.

La verdadera innovación sería escuchar a quien trabaja, no a quien presenta las diapositivas.

Pero claro, eso no da premios ni subvenciones.

Así que seguiremos viendo cómo se reinventan los procesos, los nombres y las jerarquías.

Hasta el día en que alguien tenga el valor de innovar de verdad… y proponga volver a hacer las cosas con sentido común.

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