Cuando la empresa confunde tecnología con progreso

Hay un momento muy concreto en la vida de una empresa en el que alguien pronuncia una frase peligrosa:

—Tenemos que modernizarnos.

No suele venir acompañada de un diagnóstico.

Ni de un problema bien definido.

Ni de una reflexión previa.

Viene seguida, casi siempre, de una compra.

 

El progreso por catálogo

 

De pronto aparece una herramienta nueva.

Un software.

Una plataforma.

Una IA.

Algo con nombre en inglés y una presentación impecable.

No se implanta porque resuelva algo concreto, sino porque no tenerla empieza a parecer antiguo. Y en la empresa, como en la moda, nadie quiere ser el último en llevar vaqueros de campana.

Así que se compra.

Se anuncia.

Se celebra.

—Esto nos va a ahorrar muchísimo tiempo.

—Esto nos va a hacer más eficientes.

—Esto es el futuro.

El problema es que el futuro llega…

y el trabajo sigue igual de mal planteado.

 

Automatizar el caos

 

La tecnología no corrige procesos defectuosos.

Los acelera.

Si un proceso ya era confuso, ahora es más rápido y más confuso.

Si antes había errores humanos, ahora hay errores sistemáticos.

Si nadie entendía bien qué hacía cada uno, ahora nadie entiende qué hace la herramienta.

Pero nadie se atreve a decirlo.

Porque criticar la tecnología equivale, en la mente de algunos, a criticar el progreso. Y nadie quiere parecer el ludita del equipo.

Así que se finge adaptación.

Se rellenan campos que nadie lee.

Se siguen pasos que no aportan nada.

Y se pierde tiempo… de forma muy innovadora.

 

El trabajador como beta tester

 

Lo más habitual es que la tecnología se implante sin contar con quien la va a usar. Se decide arriba, se comunica en una reunión y se lanza con un manual de veinte páginas que nadie ha pedido.

—Es muy intuitivo —dicen.

No lo es.

Lo que pasa es que el trabajador acaba aprendiendo a base de prueba y error. Corrigiendo fallos. Inventando atajos. Haciendo que algo mediocre funcione a base de ingenio.

Y cuando, milagrosamente, consigue que el trabajo salga adelante, alguien apunta:

—¿Ves? Funciona.

No funciona.

Se sobrevive.

 

Confundir herramienta con criterio

 

La tecnología no piensa.

No decide.

No prioriza.

Eso lo hacen las personas.

Cuando una empresa sustituye el criterio por herramientas, lo que está haciendo es delegar decisiones sin asumir responsabilidades. El software manda. El sistema lo pide. El algoritmo lo sugiere.

Y así nadie decide nada.

Si algo sale mal, no es culpa de nadie.

Es “el sistema”.

Es “la herramienta”.

Es “cómo funciona”.

La tecnología se convierte en coartada.

 

El verdadero progreso

 

Progresar no es comprar lo último.

Es saber para qué lo quieres.

Es revisar procesos antes de automatizarlos.

Es escuchar a quien trabaja antes de implantar cambios.

Es asumir que no todo lo nuevo mejora lo viejo.

Pero eso requiere tiempo.

Pensamiento.

Y una cosa muy escasa en algunas direcciones: humildad.

 

Epílogo tecnológico

 

No hay nada malo en la tecnología.

Lo peligroso es usarla para no pensar.

Porque cuando una empresa confunde tecnología con progreso, acaba con:

 

  • más herramientas

  • más fricción

  • menos sentido

 

Y un equipo agotado explicando por qué algo que “debería facilitar el trabajo” lo ha vuelto más difícil.

Innovar no es comprar.

Innovar es entender.

Y eso, por desgracia, no viene en ningún software.

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