Autopublicación: el sueño húmedo de sufrir gratis
Hay quien cree que autopublicarse es un acto de rebeldía romántica, como si fueras un trovador moderno que se enfrenta al sistema editorial con tu pluma en llamas y tu alma indomable. Spoiler: no. Autopublicarse es básicamente pagar por trabajar, mendigar atención en redes y convertirte en un comercial cutre de ti mismo.
¿Dónde quedó el aura bohemia? En la papelera, junto a tu primer borrador ilegible y las facturas de Amazon KDP.
Autopublicar significa aprender más de maquetación que de literatura, más de algoritmos que de metáforas, y más de marketing digital que de poesía. Tu novela puede ser brillante, pero si no sabes hacer un banner hortera para Instagram con tu cara y el texto “YA EN PREVENTA 🚨🔥”, no existes. Y sí, ese banner lo acabarás haciendo tú, a las tres de la mañana, con un tutorial de Canva abierto en una pestaña y las lágrimas cayendo en el teclado.
La autopublicación también te enseña humildad. Te enseña que tu madre, tu primo y dos amigos con culpa serán probablemente los primeros y últimos compradores. Y aún así, seguirás repitiendo “es el algoritmo, la próxima vez me posiciono mejor” como si fueras un gurú del SEO y no un escritor con síndrome de vendedor de enciclopedias en los 90.
El mito del “autor libre” es bonito… hasta que descubres que lo único libre eres tú de hacer de editor, corrector, diseñador, publicista, contable, community manager, becario y esclavo. Y todo sin cobrar. Bueno, miento: cobras 2,34 € por libro. Si suena poco, es porque lo es.
Pero oye, autopublicar tiene su magia. Es como lanzarte de un avión con un paracaídas cosido a mano por ti, con hilo comprado en AliExpress. Puede que abras el paracaídas y aterrices en pie. O puede que te estampes contra el suelo dejando un bonito charco creativo. Pero nadie te podrá quitar el derecho a gritar, mientras caes: “¡soy un autor independiente!”.
Así que sí, autopublicarse es romántico.
Romántico como ir a una primera cita y que te planten con la cuenta sin pagar.
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