La productividad infinita y el cuerpo finito
La primera vez que escuché que el problema era de organización pensé que, quizá, tenían razón. Que algo estaba haciendo mal. Que otros podían y yo no. Que si ajustaba mejor los tiempos, si afinaba más las prioridades, si aprendía a decir que no —pero no demasiado—, si optimizaba mis mañanas, mis tardes, mis descansos y hasta mis silencios, todo encajaría.
No encajó.
Encajó el discurso, eso sí. El discurso siempre encaja. Es flexible, elástico, inagotable. Cabe en una presentación, en una reunión, en un correo enviado a las 21:47 con copia a medio organigrama. El discurso no se cansa. El cuerpo, sí.
Objetivos que no saben lo que pesan
Los objetivos rara vez se piensan en términos humanos. No se diseñan con cuerpos en mente, sino con gráficos. No consideran el desgaste acumulado, el cansancio arrastrado, la vida que sigue ocurriendo fuera del horario laboral.
Se formulan como si el tiempo fuera homogéneo, como si todas las horas valieran lo mismo, como si las personas fueran intercambiables y siempre disponibles. Como si el cuerpo no tuviera memoria.
Pero la tiene.
La tiene cuando el lunes ya pesa el martes.
Cuando el cansancio no se va durmiendo.
Cuando llegar se convierte en sobrevivir.
El cansancio como fallo personal
Hay un momento especialmente perverso en esta lógica: cuando el agotamiento deja de ser una consecuencia y pasa a ser un defecto.
No estás cansado porque el sistema apriete.
Estás cansado porque no te organizas bien.
No llegas porque no priorizas.
No porque el volumen sea inasumible.
La productividad infinita necesita culpables individuales para no señalar estructuras. Necesita convertir el desgaste colectivo en un problema privado. Algo que se arregla con una app, un curso, un consejo bienintencionado.
Algo que siempre depende de ti.
El cuerpo no entiende de métricas
El cuerpo no sabe lo que es un KPI.
No responde a OKRs.
No mejora por decreto.
El cuerpo se tensa, se ralentiza, se resiente. Empieza a cobrar facturas pequeñas: dolores difusos, insomnio leve, irritabilidad funcional. Nada grave. Nada demostrable. Nada que justifique parar.
Hasta que un día todo suma.
Y entonces llega la sorpresa: ¿cómo es posible que alguien tan comprometido esté así? ¿Qué ha pasado? ¿En qué momento dejó de rendir?
Como si rendir fuera una decisión consciente.
Como si el cuerpo hubiera firmado algo.
Externalizar el desgaste
No se mide la productividad.
Se externaliza el desgaste.
Se empuja el límite un poco más cada trimestre, se normaliza el exceso como estándar y se felicita la resistencia como virtud. El sistema no se rompe porque no es él quien absorbe el impacto. Lo absorben los cuerpos.
Cuerpos que sostienen el ritmo.
Cuerpos que aprenden a callar.
Cuerpos que se adaptan… hasta que no pueden.
Y cuando no pueden, el problema vuelve a ser individual.
Epílogo sin soluciones rápidas
No hay cierre inspirador aquí.
No hay truco.
No hay método.
Solo una constatación incómoda: la productividad infinita es una ficción que se sostiene sobre cuerpos finitos. Y mientras no se diga en voz alta, mientras siga pareciendo una cuestión de actitud o de agenda, el desgaste seguirá circulando hacia abajo.
Silencioso.
Eficiente.
Perfectamente organizado.
Si has llegado hasta aquí, ya no eres espectador.
Solo te falta munición.
📘 Manual de Resistencia Corporativa
https://amzn.eu/d/4bShdLe
📖 Rimas para tiempos de esclavitud moderna
https://amzn.eu/d/08KzBzs
🐉 Bestiario grotesco del Reino Empresarial
(Preventa abierta, sin jaulas ni garantías)
https://amzn.eu/d/eRFzVZU
⚔️ Más Resistencia en
www.manualderesistenciacorporativa.es
Comparte esto:
- Enviar un enlace a un amigo por correo electrónico (Se abre en una ventana nueva) Correo electrónico
- Imprimir (Se abre en una ventana nueva) Imprimir
- Entrada
- Compartir en Threads (Se abre en una ventana nueva) Threads
- Compartir en Telegram (Se abre en una ventana nueva) Telegram
- Compartir en WhatsApp (Se abre en una ventana nueva) WhatsApp