Conciliar en festivo: cuando el calendario dice una cosa y la empresa otra

Hay días marcados en rojo en el calendario.

Festivos.

Días supuestamente distintos.

Días que, en teoría, no se trabajan.

El de Reyes es uno de esos. Especialmente si tienes hijos. Especialmente si hay juguetes, desayunos lentos, envoltorios por el suelo y esa sensación extraña de estar donde deberías estar.

Y, sin embargo, hay empresas para las que el calendario es solo una sugerencia.

 

“Solo es un momento”

 

La llamada suele llegar temprano.

Nunca con mala intención, eso sí.

Siempre con ese tono conciliador que lo empeora todo.

—Oye, sé que hoy es festivo, pero es solo un momento.

—No hace falta que te conectes mucho.

—Es una cosa rápida.

La conciliación empieza a morir exactamente ahí: en el diminutivo.

Porque no es un momento.

No es rápido.

Y sí hace falta conectarse, aunque nadie lo diga en voz alta.

Lo curioso es que nunca llaman para felicitar las fiestas.

Siempre llaman para resolver algo urgente que, casualmente, no lo era ayer.

 

El festivo invisible

 

En muchas empresas, los festivos existen…

pero solo para algunos.

Hay puestos que parecen venir con una cláusula implícita:

“Disponibilidad total, incluso cuando no toca”.

No está en el contrato.

No está por escrito.

Pero se espera.

Y lo peor no es que te pidan trabajar un festivo.

Lo peor es que te hagan sentir culpable si no lo haces.

—Bueno, es que somos un equipo.

—Ya sabes cómo está la cosa.

—Esto luego se compensa.

Nunca se compensa.

 

Conciliar no es desaparecer

 

Conciliar no significa desaparecer del mundo.

Significa poder priorizar la vida cuando toca, sin tener que justificarlo como si fuera un favor personal.

Pero en muchas culturas de empresa, conciliar sigue viéndose como una rareza.

Como algo que se tolera…

si no molesta demasiado.

El festivo, entonces, se convierte en una prueba de lealtad.

Si respondes, bien.

Si no respondes, ya veremos.

Y ese “ya veremos” pesa más que cualquier correo.

 

La trampa emocional

 

Lo más perverso de todo esto no es la llamada.

Es lo que pasa después.

Miras el reloj.

Miras el móvil.

Miras a tu alrededor.

Y aunque estés donde deberías estar, ya no estás del todo.

La cabeza se va al trabajo.

El festivo se encoge.

La culpa hace el resto.

Así se rompe la conciliación:

no con órdenes,

sino con expectativas no dichas.

 

El derecho que siempre llega tarde

 

Lo irónico es que la conciliación está reconocida.

Está regulada.

Está escrita.

Pero entre el papel y la práctica hay un abismo lleno de frases como:

—Es solo hoy.

—Es una excepción.

—Ya sabes cómo funciona esto.

Funciona así porque lo hemos normalizado.

Y cada festivo que se trabaja “un poco”,

cada llamada que se atiende “por no quedar mal”,

cada correo que se responde “rápido”…

va dejando claro que, para algunos, conciliar sigue siendo un privilegio.

No un derecho.

 

Epílogo festivo

 

El calendario seguirá marcando festivos.

Las leyes seguirán reconociendo la conciliación.

Y las empresas seguirán diciendo que la apoyan.

La diferencia está en lo que pasa cuando el teléfono suena en rojo.

Porque conciliar no es apagar el móvil.

Es poder no cogerlo sin miedo.

Y eso, hoy por hoy, sigue siendo una anécdota demasiado soportable para quien manda…

y demasiado insoportable para quien la vive.

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