Comprar seguidores, cero engagement

En las trincheras del mundo corporativo hay figuras que no lideran: interpretan el papel de líder como quien interpreta al rey en una función de fin de curso. Se ponen el traje caro, se aprenden las frases del manual y se pasean por la oficina como si el hecho de tener una silla más grande justificara su existencia. El problema es que, con el tiempo, algunos olvidan que esto era teatro. Y empiezan a creerse que el respeto se mide en aplausos, que el prestigio viene con cargo, y que la influencia se puede simular. Spoiler: no se puede.

Pero claro, cuando uno vive instalado en la superficie, lo profundo se vuelve una amenaza. Cuando tu liderazgo es de cartón, la única forma de sostenerlo es pintarlo bonito y esperar que nadie golpee la fachada. Y en esa desesperación, en ese síndrome del impostor disfrazado de autoconfianza, es cuando llegan los gestos que lo delatan todo. Como, por ejemplo, comprar seguidores. No atraerlos. No construir comunidad. No generar impacto. Comprarlos. Como quien compra aplausos grabados para disimular que en la sala solo hay silencio.

 

Y es ahí donde el personaje se desinfla. Porque no hay nada más triste que un directivo dándole al botón de pagar seguidores falsos mientras repite en LinkedIn frases sobre liderazgo auténtico, cultura organizacional y propósito compartido. Un fraude envolviendo otro fraude, todo por no asumir una verdad incómoda: que sin adornos, sin ruido, sin filtros… no hay nadie escuchando. Que detrás del discurso, hay vacío. Que la autoridad no se compra con métricas, se gana con coherencia.

 

¿Y sabes qué es lo más preocupante? Que esto, en muchas empresas, no se ve como un problema. Al contrario. Desde los despachos con vistas se celebra la ilusión de crecimiento, aunque esté construida con bots. Se aplaude el “auge” de la marca personal, aunque sea más falsa que una promesa de evaluación del desempeño. Y se tolera —cuando no se impulsa— que el ego se infle, aunque eso implique convertir la comunicación en una mascarada y el marketing en un chiringuito de humo.

 

Pero cuando la alta dirección permite que un responsable se gaste el presupuesto en postureo digital, el problema no es marketing. Es liderazgo. Porque lo que está en juego no es la estética del perfil: es la credibilidad de la empresa. Es la confianza del equipo. Es el ejemplo que se da. Porque si desde arriba se permite la mentira, ¿qué se espera de abajo? ¿Qué ética puede exigir un jefe que se maquilla los números como si estuviera preparando un informe para inversores fantasmas?

 

Esto no va de redes sociales. Esto va de liderazgo. Del de verdad. Del que se nota en cómo te miran cuando entras a una sala, no en cuántos likes arrastras detrás. Del que se demuestra en cómo gestionas una crisis, no en cómo maquillas tu bio con hashtags que ni entiendes. Del que construye reputación día a día, con hechos, con coherencia, con principios. No del que compra métricas para impresionar a nadie y solo consigue delatar su inseguridad más profunda.

 

Y lo sabes. Porque si necesitas comprar seguidores para parecer relevante, es que no lo eres. Si necesitas inflar tus cifras para parecer influyente, es que no influyes en nada. Y si necesitas vivir de la apariencia, es que te has rendido a la verdad.

 

A quienes aún creen que la reputación se puede simular, les recuerdo que todo lo que se infla… acaba explotando. Y lo que se finge demasiado tiempo, termina siendo tan falso por dentro como por fuera. El humo no lidera. Solo entretiene mientras dura. Y tú ya llevas demasiado tiempo disfrazado.

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