🧨 Si una empresa comunica antes a los periodistas que a su propia plantilla, no es comunicación interna: es abandono emocional con nota de prensa adjunta.

📰 La empresa que se entera por la prensa… y la plantilla también (In)Comunicación Interna

Hay empresas que trabajan tanto la transparencia que son completamente transparentes: no se ve nada dentro.

Todo se sabe fuera antes que dentro.

Y cuando digo “todo”, me refiero a decisiones críticas: cierres, fusiones, recortes, deslocalizaciones, cambios de horario, y cómo no: EREs comunicados por portada antes que por reunión.

Es un fenómeno casi poético.

La plantilla llega un martes a trabajar y descubre, gracias a un tuit de un medio local, que su centro “está en proceso de reestructuración”.

Mientras tanto, el departamento de comunicación interna prepara un comunicado neutro, frío y perfectamente inútil que dirá algo como:

“Estamos explorando oportunidades de mejora organizativa.”

Traducción: agárrate que vienen curvas.

El problema no es que la empresa tome decisiones difíciles; eso pasa.

El problema es que la plantilla las descubra al mismo tiempo que el resto del país, como si fueran espectadores de su propio despido.

Es una falta de respeto tan normalizada que ya ni sorprende.

Un trabajador con diez años de antigüedad se entera por Expansión de que su puesto desaparece.

Y cuando pregunta a su jefe, este suelta la frase más cobarde del ecosistema corporativo:

“Yo tampoco sabía nada.”

El rumor interno —ese canal maravilloso, paralelo y clandestino— funciona mejor que cualquier departamento de comunicación.

Porque cuando la dirección no comunica, la gente lo hace por su cuenta.

Se filtran documentos, se capturan pantallas, se reenvían audios, se hincha el miedo.

La desinformación no se combate con silencio: lo multiplica.

En los ERE es donde esta incompetencia comunicativa alcanza niveles olímpicos.

Los medios reciben primero la filtración.

Luego la plantilla recibe un PDF ambiguo.

Después mandan un correo a las 23:47 diciendo que “mañana habrá una reunión importante”.

Y al final, los empleados se enteran de su futuro laboral por la tele, no por su empresa.

Pero lo más grave es otra cosa:

cuando no comunicas, no controlas la narrativa.

Cuando no explicas, permites que se instale lo peor.

Cuando no informas, la plantilla deja de confiar.

Y una empresa sin confianza interna no funciona: solo sobrevive a base de miedo y obediencia.

Lo que demuestra este desastre comunicativo es una verdad incómoda:

muchas empresas creen que la plantilla es un dato operativo, no un público prioritario.

Y por eso informan antes a los medios, a los inversores, a los directivos externos… y por último —si queda tiempo— a quienes sostienen el negocio cada día.

La comunicación interna no es un adorno, ni un correo automático, ni un comunicado “en tono positivo”.

Es una obligación moral y estratégica.

Es tratar a la gente como adultos, no como muebles.

Es evitar que la plantilla se entere de decisiones que afectan a su vida a través de un titular sensacionalista.

Porque si tu gente se entera por la prensa, la empresa ya no comunica: solo genera titulares y cadáveres emocionales.

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