Si tu primer día en una empresa parece un episodio piloto mal escrito… huye: el resto de la temporada será peor.

El onboarding más triste del mundo (In)soportable

Tu primer día.

Ese momento casi mágico en el que imaginas una bienvenida mínima: una mesa limpia, un ordenador preparado, alguien que te diga “te estábamos esperando”.

JA.

Bienvenido al mundo real, donde el onboarding es una gincana de abandono emocional.

Llegas ilusionado, con tu mejor ropa y con un café que aún no sabes que se enfriará antes que tu esperanza.

Entras, sonríes y te encuentras… nada.

Nadie te espera.

Nadie sabe quién eres.

Nadie te mira.

Estás más desubicado que un Windows sin drivers.

—“¿Quién es este?” —pregunta alguien sin girarse del todo.

—“Creo que es el nuevo.”

“EL NUEVO”, sin nombre, sin rol, sin contexto. Como si fueras un NPC recién spawneado en una oficina medieval.

Te sientan en una silla coja, de esas que un día fueron ergonómicas pero ahora son más un recordatorio visual de lo que queda de presupuesto.

La mesa tiene manchas de café prehistórico y un post-it pegado que dice “NO TOCAR”.

¿Qué no tocar?

¿La mesa?

¿La empresa?

¿Tu dignidad?

Quién sabe.

Preguntas por un ordenador.

Te dicen que “está en camino”.

Camino a dónde, no lo aclaran.

A Marte, probablemente.

Te ofrecen mientras tanto un portátil del Pleistoceno que arranca con un ruido que recuerda a un tractor con ansiedad.

A media mañana te llega un correo de RRHH:

“Ya te iremos asignando cosas.”

Un mensaje tan vago que podría ser una amenaza o una despedida anticipada.

A ti te suena más a “todavía no sabemos qué haces aquí”.

Pasas el día mirando pantallas en blanco, fingiendo que entiendes procesos inexistentes, explorando carpetas compartidas que están tan vacías como tu fe en la humanidad.

La gente pasa a tu lado como si fueras un holograma con mala resolución.

Semana uno: todavía no sabes a qué equipo perteneces.

Semana dos: descubres que hay tres jefes, ninguno te ha hablado.

Semana tres: comienzas a sospechar que igual te contrataron por error.

Semana cuatro: empiezan a pedirte resultados.

Resultados.

¿De qué?

¿Con qué?

¿Para quién?

Nadie lo sabe. Tampoco ellos. Pero esperan que los tengas. Porque en esta empresa las expectativas son como los fantasmas: aparecen sin avisar, te persiguen sin lógica y nadie las quiere reconocer.

Y cuando por fin preguntas qué se espera de ti, te responden con la frase favorita del corporativismo vacío:

“Sé proactivo.”

Proactivo.

La palabra mágica que sirve para justificar que nadie se ha molestado en explicarte nada.

Lo mejor es cuando descubres que tu puesto se definió en una reunión de cinco minutos, entre prisas, sin documento, sin funciones, sin estructura.

Eres un parche humano en un sistema que ni ellos entienden.

Pero aquí estás.

Resistiendo.

Aprendiendo a usar herramientas que nadie usa.

Buscando documentos que no existen.

Inventando tu propio rol para rellenar el vacío.

Porque el onboarding más triste del mundo no te destruye: te curte.

Te convierte en experto en ambigüedad, superviviente del caos y maestro de la reinvención forzada.

Y si algún día te preguntan cómo fue tu integración, puedes decir la verdad:

“Una experiencia espiritual… de las que te hacen replantearte la vida.”

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