🧨 ¿Trabajar menos para rendir más? Spoiler: la patronal ya está ajustándose el nudo de la corbata.

Ahora dicen que España podría reducir la jornada semanal de 40 a 37,5 horas. Y claro, lo presentan como si acabaran de descubrir el fuego.

Una medida histórica, revolucionaria, casi espiritual… si no fuera porque todos sabemos que lo único que va a cambiar, de verdad, es el PDF del convenio y los discursos que algún directivo leerá sin entender ni la mitad. Mientras tanto, en los despachos de siempre, la patronal ya practica el discurso del fin del mundo: ese en el que quitar 150 minutos de trabajo provoca un colapso económico, la ruptura del espacio-tiempo y quizás que se aparezca la Santa Compaña.

 

Y lo mejor es la seriedad con la que lo dicen. Como si no hubiéramos vivido esto mil veces. Cuando llegó el teletrabajo, nos aseguraron que España se derrumbaría porque la gente iba a pasar el día en pijama viendo Netflix. La realidad fue exactamente la contraria: la productividad subió y lo que se vino abajo fue el argumento. Pero nada, cada año toca repetir el ritual: informes catastrofistas, frases solemnes, advertencias dignas de un notario enajenado. “Esto es insostenible”, “la economía sufrirá”, “hay que estudiarlo con calma”. Y uno no puede evitar pensar que la economía esa de la que hablan se parece mucho a un jarrón chino que solo se rompe cuando hay que mejorar la vida de los trabajadores, pero que se vuelve de titanio cuando toca rescatar bancos o repartir bonus.

 

Por supuesto, nadie menciona lo verdaderamente incómodo: que si la productividad de todo un país depende de 2,5 horas menos a la semana, igual el problema no somos nosotros. Igual es la cultura del calentar la silla, del jefe que mide compromiso por el tiempo que te ve sentado, del “quédate un rato más, que queda mejor”. Igual es la religión de las reuniones eternas, de los correos a las 22:37, del “esto es urgente” cuando en realidad no lo es nada. Igual, y esto sí les escuece, lo que temen no es perder horas, sino perder el control. Descubrir que cuando la gente trabaja menos y se la deja tranquila… todo sigue funcionando igual. Y eso deja en evidencia a muchos: a los que solo saben mandar correos eternos, a los que viven de convocar reuniones, a los que confunden “liderazgo” con una ceja levantada y un power point mal hecho.

 

Y luego está el discurso de la responsabilidad. Esa cantinela de que “España necesita esfuerzo” mientras la misma gente que lo dice encadena consejos de administración, dietas, sobresueldos y coches que no sabe ni arrancar. Pero la culpa, claro, es del trabajador medio, ese ser despreciable que pretende vivir con dignidad sin tener que sacrificar sus tardes, su salud mental y, ya que estamos, sus lumbares.

 

Así que sí, si nos quieren regalar 2,5 horas, estupendo. Nosotros las usaremos para lo único sensato: descansar del trabajo… y de quienes viven aterrados con la idea de que la clase trabajadora pueda tener una vida un poco mejor. Porque si algo demuestra esta reforma es que hay gente que no teme un cambio laboral. Lo que teme es perder su excusa para seguir exprimiendo a los demás.

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