Autopublicación: La aristocracia del ISBN
Hay un tipo de escritor que no escribe: posiciona.
Tiene un logo en la contraportada, un prólogo firmado por alguien que no leyó el libro y una agenda llena de presentaciones con vino blanco y canapés.
Habla de “mi editor”, “mi maquetador”, “mi ilustrador”… como quien enseña las llaves de un coche que aún está pagando.
Yo, en cambio, tengo una libreta arrugada, una carpeta de PDFs con nombres sospechosos y un presupuesto que da para café y para jurar en voz baja cuando KDP me rechaza la portada.
Ellos se jactan de lo que invierten.
Yo, de lo que sobrevivo.
Te cuentan cuánto cuesta un diseñador de portadas, un corrector profesional o un servicio de distribución internacional.
Yo cuento las noches sin dormir, las veces que guardé mal el archivo, los intentos fallidos de subir el manuscrito a Amazon sin que apareciera una línea descolocada en la página 237.
El autor de editorial camina erguido, seguro de que el dinero le da legitimidad.
El autopublicado camina torcido, pero libre: nadie le dice qué escribir, ni cómo, ni cuándo.
Su única censura es el cansancio.
En cada feria del libro hay una frontera invisible: a un lado, los que se sienten importantes; al otro, los que solo intentan no parecer ridículos junto a ellos.
El escritor “de sello” mira por encima del hombro con una sonrisa de catálogo.
El autopublicado finge que no le importa, aunque por dentro esté deseando tener su misma facilidad para aparentar.
Y aun así, cuando cae la noche y las luces se apagan, el de editorial se va pensando en ventas y el autopublicado se va pensando en palabras.
Porque el primero trabaja para mantenerse visible, y el segundo para no volverse loco.
Nos separa una etiqueta, nada más.
Ellos pagan para parecer escritores.
Nosotros escribimos para seguir siéndolo.
Así que cuando alguien me dice con una media sonrisa:
—Ah, ¿tú te autopublicas?
Yo asiento.
—Sí. Autopublico. Autoescribo. Autocorrijo. Automaqueto. Autodudo. Automeanimo.
Y luego, cuando termino, autorespiro.
Porque a veces, eso es lo único que uno puede permitirse.
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