KPIs absurdos: cuando quien te mide nunca ha hecho tu trabajo
Hay una verdad universal en las empresas modernas: los KPIs más absurdos, más desconectados de la realidad y más imposibles de cumplir suelen nacer en un despacho en el que nadie ha hecho tu trabajo ni cinco minutos. Un despacho silencioso, bien iluminado, con plantas de plástico y una pizarra blanca donde se dibujan flechas hacia arriba porque queda profesional.
Ahí, en esa pequeña torre de marfil climática y emocional, alguien decide cuántos tickets deberías resolver, cuántas llamadas deberías atender, cuántos clientes deberías convertir, cuántos informes deberías generar… sin tener la más mínima idea de lo que significa hacerlo de verdad. Diseñan métricas como quien diseña un videojuego: desde la distancia, desde la comodidad, desde la fantasía.
Luego te las presentan con la solemnidad de un ritual sagrado: gráficas, porcentajes, targets trimestrales y un par de eslóganes motivacionales reciclados del desayuno de equipo.
Tú miras esos números imposibles y piensas:
“Para cumplir esto tendría que clonarme. Y mi clon se iría antes que yo.”
Porque los KPIs no miden tu esfuerzo, ni tu carga real, ni el caos que gestionas cada día, ni las diez tareas invisibles que sacan el trabajo adelante pero que no existen en ninguna casilla del Excel.
Los KPIs miden… otra cosa.
La idea que alguien tiene de tu trabajo, no tu trabajo real.
Y ojo: esos indicadores no solo no sirven para mejorar nada, sino que tienen una función mucho más oscura: culparte de todo lo que falle. Si el departamento va mal, no es por procesos ineficientes, ni por decisiones dudosas, ni por falta de recursos: es porque tú no has alcanzado el KPI.
Qué casualidad.
Mientras tú corres, improvisas, solucionas, apagas incendios y sostienes el chiringuito con la fuerza mental de un equilibrista sin red, ellos celebran que “al fin tenemos métricas claras”. Claras para ellos, claro. Para ti, son palos en la rueda. Palos dorados, eso sí, con brillo corporativo.
La ironía final es que luego hablan de “accountability”.
Tu accountability. La suya, no.
Los KPIs que fallan son culpa tuya; los KPIs que funcionan son mérito del sistema. Un sistema que ellos diseñaron en un Excel sin siquiera preguntarte qué necesitas para que las cosas funcionen.
Quizá algún día alguien entienda que el mejor KPI es escuchar a quien hace el trabajo. Pero hasta entonces seguiremos atrapados en esta ciencia ficción corporativa donde las métricas no sirven para medir, sino para señalar. Y, por supuesto, para justificar decisiones que ya estaban tomadas antes de que tú entraras en la reunión.
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