La entrevista perfecta (hasta que aparece el primo del reclutador)

Hay entrevistas de trabajo que te devuelven la fe en ti mismo.

Llegas con la camisa planchada, las respuestas afiladas y esa sonrisa ensayada que dice: “sé que soy el candidato ideal, pero haré como que dudo para parecer humilde”.

El reclutador asiente, toma notas, te dice que encajas perfectamente, que tu perfil es “justo lo que están buscando”. Hablas de logros, proyectos, idiomas… incluso haces chistes suaves que funcionan.

Sientes que la entrevista ha ido tan bien que podrían contratarte solo para que des formación a los demás candidatos.

Sales flotando.

Miras el móvil cada hora.

Te imaginas el correo con el asunto: “¡Bienvenido al equipo!”.

Y entonces… silencio.

Una semana después, te llega el clásico mensaje automatizado:

“Hemos decidido continuar con otro candidato cuyo perfil se ajusta mejor a las necesidades actuales de la empresa.”

Traducción libre: ha entrado el primo de alguien.

Da igual que tengas más experiencia, más formación o más ganas de vivir. Si el candidato B comparte apellido con el responsable de RRHH o fue a las mismas cenas de empresa que el CEO, el proceso estaba resuelto antes de empezar. Tú solo estabas ahí para justificar el paripé de la selección.

Y lo mejor viene cuando, meses después, te enteras de que el elegido ha dejado el puesto porque “no se adaptaba al ritmo”.

Claro, normal. El ritmo de trabajar sin enchufe debe de ser agotador.

Así funciona la meritocracia corporativa: un sistema donde el mérito está sobrevalorado y el apellido, subestimado.

No importa cuántas dinámicas de grupo hagas ni cuántos tests de personalidad superes. En el fondo, la decisión se toma en una cena de navidad o en un chat de WhatsApp con mucho emoji de copa.

Pero no desesperes. En el fondo, no era tu sitio.

Y en el fondo del fondo, ellos tampoco merecían tener a alguien que sabe hacer bien las cosas sin conocer a nadie.

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