El jefe que se cree líder porque tiene followers

El liderazgo moderno es como el sushi de gasolinera: se ve bien en foto, pero te deja mal cuerpo

Vivimos rodeados de directivos que confunden liderar con posturear, que reparten frases motivacionales mientras hunden equipos con la misma delicadeza con la que abren un Excel.

 

“Mi puerta siempre está abierta”, dicen.

Claro, abierta para que salgas corriendo, porque entrar sin cita previa equivale a suicidio laboral.

 

El falso líder se reconoce rápido:

  • Empieza cada frase con “yo” y termina con “porque lo digo yo”.
  • Habla de empoderar, pero decide por ti hasta el tamaño del clip.
  • Convierte cada reunión en una TED Talk sobre su infancia y sus logros.
  • Y cada vez que el equipo consigue algo, mágicamente el mérito acaba en su PowerPoint trimestral.

 

Dicen que los buenos líderes crean más líderes, pero los malos crean traumas.

Y lo hacen con maestría: gestionan con el ego, delegan con desconfianza y escuchan solo cuando el silencio les incomoda.

 

El liderazgo tóxico se disfraza de cercanía: te tutéan, te invitan a café, te sonríen… justo antes de exigirte objetivos imposibles y recordarte lo “afortunado” que eres por estar ahí.

Y si te atreves a cuestionar algo, te sueltan el clásico:

 

“A ver, esto no es una democracia.”

No, tranquilo, ya nos habíamos dado cuenta.

 

La empresa está llena de jefes que quieren ser “líderes inspiradores”, pero no inspiran ni a su impresora.

Lideran por miedo, no por respeto. Por KPI, no por convicción. Y luego se sorprenden de que el talento se fugue a la mínima señal de una oferta con aire acondicionado emocional.

 

Así que, si te toca uno de esos, respira, sonríe y empieza a tomar notas. Algún día escribirás un libro sobre ello.

O al menos, un post en esta trinchera.

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