RRHH: Recursos o Humanos, pero nunca las dos cosas

Nadie entra en una empresa temiendo al departamento de Recursos Humanos.

Al principio, parecen encantadores: te sonríen en la entrevista, te hablan de “valores corporativos”, te ofrecen café y te hacen sentir parte de algo más grande.

Pero con el tiempo descubres que ese “algo más grande” es una trituradora perfectamente engrasada… y que ellos llevan años manejando el interruptor.

RRHH es esa extraña criatura de dos cabezas: una te habla de bienestar, la otra redacta despidos en silencio.

Te mandan un correo con “Feliz Día del Trabajador” el mismo mes en que congelan los sueldos.

Organizan sesiones de mindfulness mientras calculan cuántos contratos temporales pueden no renovar sin levantar sospechas.

Y lo hacen con una sonrisa, porque la empatía también cotiza en bolsa.

Lo llaman “gestión del talento”, pero lo que gestionan es la obediencia.

El empleado ideal no es el brillante, es el que no protesta.

No buscan personas, buscan piezas: intercambiables, moldeables, fácilmente sustituibles.

Y cuando ya no encajas, no te despiden: te “liberan para explorar nuevas oportunidades”.

Un eufemismo tan pulido que casi suena motivador.

Como si te hicieran un favor.

Como si no fueran ellos quienes llevan semanas preparando tu salida con la frialdad de un cirujano sin anestesia.

RRHH es el espejo más honesto de la empresa moderna: un lugar donde las palabras suenan bien y los hechos apestan.

Hablan de “conciliación”, pero miran mal a quien se va a su hora.

Prometen “desarrollo profesional”, pero nunca desarrollo personal.

Predican cultura, pero lo que cultivan es miedo.

Y aun así, ahí están: liderando comités de bienestar, organizando talleres sobre la felicidad laboral, repitiendo que “la empresa somos todos” mientras firman otro despido colectivo.

No es que no tengan corazón. Es que lo externalizaron para ahorrar costes.

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