🧠 El multitasking como deporte de riesgo

Durante años, las empresas nos vendieron el multitasking como una virtud.

“Capacidad para gestionar varias tareas simultáneamente”, decían las ofertas de empleo, como si fueran a contratar malabaristas y no personas.

En los procesos de selección se preguntaba con orgullo: ¿Eres capaz de trabajar bajo presión?

Y ahí estábamos todos, respondiendo “sí, claro”, como si el estrés fuera un talento y no una enfermedad con buena campaña de marketing.

En el altar del rendimiento, el multitasking se convirtió en el nuevo becerro de oro.

A más pestañas abiertas, más valor percibido.

A más correos simultáneos, más compromiso.

A más reuniones superpuestas, más liderazgo.

Y así, entre notificaciones, llamadas, chats y correos marcados como “urgente”, nació el trabajador moderno: un híbrido entre equilibrista digital y conejillo de Indias con ansiedad.

Lo curioso es que nadie sabe exactamente por qué seguimos creyendo que hacer muchas cosas a la vez es productivo.

Numerosos estudios —los mismos que los jefes citan cuando conviene— demuestran que la atención humana no funciona en paralelo. Que cada cambio de tarea implica un pequeño reinicio mental, una pérdida de foco que se acumula como polvo sobre la motivación.

Pero claro, esos informes no se leen: se adjuntan a una presentación de PowerPoint y se olvidan en una carpeta llamada “Transformación cultural”.

El multitasking no es eficiencia, es miedo.

Miedo a parecer inactivo, miedo a que alguien piense que no haces suficiente, miedo a desconectarte cinco minutos y descubrir que el mundo sigue girando sin ti.

Por eso contestas mensajes mientras comes, lees correos durante reuniones, revisas informes mientras escuchas a tu jefe repetir lo mismo de siempre.

Porque en la empresa moderna, fingir actividad es más importante que generar valor.

El resultado es un ejército de profesionales agotados que confunden velocidad con propósito, ocupación con relevancia, ruido con impacto.

Gente que lleva la agenda llena pero el cerebro vacío, que termina el día sin poder explicar qué ha hecho exactamente, pero con la sensación de haber corrido un maratón sin línea de meta.

El multitasking es la gran estafa del siglo XXI.

Una mentira revestida de méritos que solo sirve para justificar el caos organizativo y la falta de prioridades.

No es un superpoder, es una trampa: una forma elegante de quemar neuronas sin que nadie te acuse de perder el tiempo.

En el fondo, todos lo sabemos.

Por eso, de vez en cuando, fantaseamos con el lujo radical de hacer una sola cosa a la vez.

Leer sin mirar el móvil.

Pensar sin tener que justificarlo.

Trabajar sin fingir que estamos salvando el mundo.

Tal vez ese sea el futuro de la productividad:

volver a concentrarse.

A no ser multitarea.

A recuperar la atención como forma de resistencia.

Porque no hay mayor acto de rebeldía en la era del multitasking que hacer algo bien… y hacerlo sin prisa.

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