📅 La reunión que pudo haber sido silencio (In)soportable

Hay mañanas en las que uno llega con ganas de trabajar. Sí, esas mañanas existen. Tienes la bandeja ordenada, el café caliente y un plan mental más o menos civilizado de lo que quieres hacer. Y entonces aparece el monstruo corporativo más temido: una reunión sorpresa a las 09:00 con asunto “Alinear expectativas”.

Alinear expectativas.

Una expresión que solo significa una cosa: vas a perder una hora y media de tu vida.

Llegas a la sala. 14 personas. Nadie sabe por qué está allí. Nadie ha leído nada. Nadie tiene una idea clara del objetivo.

Pero ahí estamos todos, respirando el mismo aire, como si formáramos parte de una secta que se reúne para adorar al PowerPoint.

El jefe entra cinco minutos tarde, sonriente, con esa energía radiante de quien no tiene ni idea de lo que va a decir, pero lo va a decir con convicción.

—“Bueno, quería que revisáramos el enfoque del proyecto.”

¿Qué proyecto? te preguntas tú.

Alguien abre una libreta. Otra persona abre el portátil para parecer ocupada. Tú intentas recordar si aceptaste esto en tu contrato o fue un glitch temporal del universo.

Tras veinte minutos de palabras vacías —sinergias, roadmap, visión global, enfoque estratégico—, te das cuenta de que lo único que se ha alineado es tu paciencia con tu deseo de huir por la ventana.

Nadie aporta nada porque nadie sabe nada.

El jefe pregunta cosas sin sentido.

La mitad del equipo mira la pantalla del portátil rezando para que nadie pregunte su opinión.

El silencio es tan incómodo que parece que alguien lo ha maquetado en InDesign.

Y entonces llega el momento cumbre.

El jefe, con tono solemne, dice:

—“Creo que lo tenemos claro.”

Y tú piensas: No tengo claro ni qué estamos intentando tener claro.

Pero la reunión no termina ahí. No, eso sería demasiado eficiente.

Se programa otra reunión.

Para “aterrizar ideas”.

No había ideas en la primera, pero al parecer necesitan aterrizar igualmente.

Sales de la sala con la sensación de haber envejecido seis meses. Miras el reloj y han pasado 87 minutos. 87 minutos de tu vida que jamás volverán. 87 minutos que podrías haber invertido en cualquier otra cosa: trabajar, no trabajar, aprender sueco, mirar una pared, preguntarte por qué aceptaste ese empleo.

Lo mejor es cuando, a los pocos días, alguien manda un correo diciendo:

—“¿Podemos reabrir el tema en una nueva reunión?”

Y tú ya ni respondes. Estás demasiado ocupado intentando recuperar la voluntad de vivir.

La realidad es esta: hay reuniones que podrían ser correos, y correos que podrían no existir. Pero el ecosistema corporativo se alimenta de estas liturgias vacías. No buscan avanzar: buscan llenar agendas para que parezca que todo el mundo está muy ocupado.

Porque en muchas empresas, productividad no significa hacer cosas: significa parecer que haces cosas.

Y nada da más sensación de actividad que una reunión eterna donde no se decide nada.

La próxima vez que alguien proponga “alinear expectativas”, dilo claro:

“Las mías son no estar aquí.”

Pero no lo dirás, claro.

Porque habrá otra reunión para hablar de eso.

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