💣 El teletrabajo vigilado

El teletrabajo nació como promesa de libertad. “Confiaremos en ti”, decían. “Tendrás flexibilidad”, aseguraban. Sonaba casi revolucionario: trabajar desde casa, sin la tiranía del reloj, sin el jefe respirándote en la nuca. Pero como toda utopía que pasa por las manos de Recursos (In)Humanos, acabó convertida en un campo de control con Wi-Fi.

Ya no hay fichaje con tarjeta, pero sí con clic. Ya no hay cámaras en la oficina, pero sí en el portátil. Ya no hay supervisión directa, pero sí métricas que miden cada segundo de inactividad, cada movimiento del ratón, cada correo no respondido al minuto.

El cursor es el nuevo grillete. Y la confianza, otra palabra vacía en un manual de cultura corporativa.

El teletrabajo, mal entendido, no libera: amplifica la vigilancia. Te observan sin verte, te exigen sin hablarte, te evalúan sin entender nada. Las reuniones eternas por videollamada son la versión digital del micromanagement: la empresa sigue invadiendo tu espacio, solo que ahora lo hace dentro de tu casa.

Tu salón es su oficina. Tu silencio, su sospecha.

Lo que empezó como equilibrio terminó siendo invasión. Se difuminan los límites, se desdibujan los horarios, se normaliza contestar mensajes desde la cama, desde la cena, desde cualquier sitio donde aún te quede un poco de batería y algo de dignidad.

Porque si no contestas, parece que no existes. Y si no existes, tu productividad baja.

El problema no es el teletrabajo: es la desconfianza. Es ese modelo empresarial incapaz de creer en la autonomía, obsesionado con medirlo todo y entender nada. No saben liderar sin controlar, y por eso convierten la tecnología en herramienta de vigilancia en lugar de herramienta de libertad.

Trabajar desde casa no debería ser una condena a estar disponible siempre. Debería ser un pacto de madurez. Pero claro, eso exige algo que muchas empresas no conocen: respeto.

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